Dos agricultores. Un mismo cultivo. Suelos similares.
Pero uno vende créditos de carbono a 10 $ por tonelada y el otro a 30 $. La diferencia no está en el suelo, sino en la confianza en el resultado.
El crédito de carbono no tiene un precio fijo por tonelada de CO₂. Es un mercado de confianza. Y es precisamente esta la que determina cuánto vale realmente el efecto climático del campo.
Para entender de dónde surge esta diferencia, conviene desglosar el precio del crédito de carbono en sus componentes.
Por qué la cuestión del precio del crédito de carbono se ha vuelto crítica precisamente ahora
Hace apenas unos años, en el mercado de créditos de carbono lo principal era precisamente la palabra «crédito». El mero hecho de su existencia ya se consideraba un valor. Las empresas los compraban para declarar responsabilidad climática, y el origen y los detalles del proyecto a menudo quedaban al margen.
Hoy esta lógica ya no funciona. El mercado ha madurado y, con él, han madurado los compradores. Para ellos es importante no solo «compensar emisiones», sino entender cómo se obtuvo exactamente el efecto climático, cuán fiable es y si se mantendrá con el tiempo.
Esto es especialmente relevante para los proyectos agrícolas. El suelo es un sistema vivo, y el resultado en él depende no de una sola operación, sino de una secuencia de decisiones: rotación de cultivos, laboreo, cultivos de cobertura, gestión de residuos. Para el comprador esto significa una cosa: sin datos transparentes y una lógica de gestión clara, ese crédito se convierte en un riesgo.
Por eso el precio hoy no se forma «a partir de la media del mercado», sino a partir de la calidad del proyecto. Un crédito puede ser formalmente correcto, pero poco atractivo. Otro cuesta más porque el comprador entiende exactamente por qué está pagando.
En este momento el agricultor se enfrenta por primera vez a una nueva realidad. Los ingresos por créditos de carbono no son un extra, sino el resultado de decisiones de gestión tomadas mucho antes de su venta.

De qué se compone realmente el precio del crédito de carbono
El precio del crédito de carbono no sale de la nada ni se forma por un solo parámetro. Se compone de varios factores que juntos dan respuesta a la pregunta principal del comprador: ¿se puede confiar en este resultado y se mantendrá con el tiempo?
El primer factor es el tipo de efecto climático.
El mercado valora de forma diferente la reducción de emisiones y la acumulación de carbono en el suelo. Si se trata de un aumento real de las reservas de carbono orgánico, confirmado por datos, ese resultado suele valorarse más que una reducción puntual de emisiones de una operación concreta.
El segundo factor es la estabilidad del resultado.
Para el comprador es importante no solo que el carbono «haya aparecido» este año. Para él es igualmente fundamental que no desaparezca en dos temporadas. Cuanto más tiempo demuestre el proyecto una dinámica estable y cuanto más clara sea la gestión de los campos, mayor será la confianza. Y con ella aumenta también el precio.
El tercer factor son los riesgos de pérdida.
Los proyectos agrícolas siempre trabajan con riesgos: clima, cambios tecnológicos, fuerza mayor. Si estos riesgos no se tienen en cuenta o se ignoran, el crédito se abarata automáticamente. Si, por el contrario, el proyecto cuenta con mecanismos de gestión de riesgos y reservas, esto influye directamente en su atractivo de mercado.
El cuarto factor es la transparencia de los datos.
Los contornos de los campos, el historial de uso de la tierra, las operaciones agrícolas y la lógica de los cálculos deben estar no solo recopilados, sino ser comprensibles para un observador externo. Un crédito que se puede explicar y verificar siempre vale más que uno que existe solo «en una tabla».
Y, por último, el quinto factor es la demanda por parte de compradores concretos.
En el mercado no se compran «toneladas de CO₂», sino soluciones para sus estrategias climáticas. Y son precisamente aquellos proyectos que responden a estas expectativas los que forman la parte superior del rango de precios.
En definitiva, el precio del crédito de carbono no es una característica del campo. Refleja la calidad del proyecto y el enfoque de gestión de la explotación.
Por qué los créditos de carbono agrícolas no son todos iguales
A primera vista, muchos proyectos de carbono agrícola parecen iguales. Todos hablan de cultivos de cobertura, laboreo mínimo y acumulación de carbono en el suelo. Pero es precisamente en esta etapa donde aparece la principal trampa: la similitud externa no significa el mismo valor.
Un proyecto puede existir principalmente «sobre el papel». Los datos se recopilan de forma fragmentaria, el historial de uso de la tierra se reconstruye de forma aproximada y los resultados se basan en suposiciones generales. Formalmente todo parece correcto, pero verificar la contribución real del campo al efecto climático es difícil.
Otro proyecto tiene una lógica clara desde el inicio hasta el resultado. Existe una línea de base, está claro qué cambió exactamente en las prácticas y cómo afectó al suelo. También está claro por qué el efecto obtenido puede reproducirse en los años siguientes. Para el comprador esta es una diferencia fundamental.
También difiere el enfoque de los riesgos. En un caso simplemente se ignoran, con la idea de que «ya se verá». En otro se establecen reservas, mecanismos de amortiguación y escenarios para cambios climáticos o tecnológicos. Son precisamente estos detalles los que a menudo determinan si el comprador está dispuesto a pagar más.
Hay otro aspecto que los agricultores suelen subestimar. Parte de los proyectos se crean sin una comprensión clara de a quién y para qué se venderá ese crédito. Como resultado, salen al mercado con un precio mínimo y compiten entre sí por el principio de «quién es más barato». Otros, en cambio, se orientan desde el principio a una demanda concreta del comprador. Y esto se refleja directamente en el precio.
Por eso la diferencia de precio entre dos créditos agrícolas a menudo no tiene nada que ver con la fertilidad del suelo o el cultivo. Casi siempre se trata de la calidad de la gestión del proyecto.

Qué significa esto para el agricultor y cómo no abaratar su crédito de carbono desde el inicio
Para el agricultor, el crédito de carbono no es una oportunidad puntual, sino un activo a largo plazo. Su valor se establece mucho antes del primer contrato. Por eso las pérdidas de precio suelen producirse ya en la fase de preparación del proyecto.
El primer error típico es la ausencia de datos sistemáticos.
Cuando las operaciones agrícolas no se registran con regularidad y el historial del campo se reconstruye «de memoria», el proyecto parece inmediatamente más débil a ojos del comprador. Aunque las prácticas sean correctas, sin datos es difícil demostrarlo. Y, por tanto, difícil venderlo a buen precio.
El segundo error es el pensamiento a corto plazo.
La expectativa de ingresos rápidos a menudo empuja a decisiones simplificadas: mínimas mediciones, mínimas verificaciones, mínimos compromisos. Como resultado, el crédito puede aparecer más rápido, pero su precio es casi siempre más bajo y, a veces, inestable de un año a otro.
El tercer error es no entender la demanda del comprador.
El agricultor puede estar haciendo sinceramente «todo bien», pero si el proyecto no responde a lo que busca el mercado, acaba en el segmento de precios más bajo. Hoy los compradores no quieren solo un efecto climático. Para ellos es importante una historia transparente de su origen, una lógica de gestión clara y confianza en el resultado futuro.
En cambio, aquellas explotaciones que desde el principio abordan el proyecto de carbono como un elemento de gestión empresarial obtienen otra posición en el mercado. No venden «toneladas de CO₂», sino un resultado predecible, verificado y comprensible.
Trabajar a través de un desarrollador: cómo no perder la calidad del proyecto de carbono
Aunque el agricultor puede actuar por sí mismo como desarrollador de un proyecto de carbono sin recurrir a empresas externas, en la práctica la mayoría de las explotaciones entran en estos proyectos a través de desarrolladores especializados. Son ellos quienes recopilan datos, preparan la documentación, trabajan con estándares, auditores y registros. Para la explotación esto parece lógico: es un tema complejo, mejor dejarlo en manos de profesionales.
Aquí es importante entender correctamente la zona de responsabilidad.
El desarrollador del proyecto suele fijar desde el principio en el contrato que no garantiza ni la cantidad de créditos de carbono emitidos ni su precio futuro. Es una posición honesta. El volumen de créditos lo determina el efecto climático real, y el precio lo forma el mercado y la demanda de los compradores. Ningún desarrollador puede garantizar estos indicadores de antemano.
Pero hay otro aspecto que a menudo se olvida.
Es precisamente el desarrollador quien es responsable de la calidad de la recopilación, estructuración y preparación de los datos. Y esto influye directamente tanto en la cantidad de créditos emitidos como en el segmento de precios al que llegarán.
Si los datos se recopilan de forma superficial y no existe un historial completo de uso de la tierra, una lógica clara de las prácticas agrícolas y posibilidad de verificación, el proyecto pierde valor inmediatamente. Aunque el agricultor haya hecho todo bien en el campo. El mercado solo ve lo que está documentado y demostrado.
Existe una situación aún más arriesgada, cuando en el proyecto se empiezan a «ajustar» los datos al resultado deseado. Por ejemplo, se indican prácticas agrícolas que en realidad no existieron, o se exagera el efecto de los cambios para mostrar indicadores más altos.
A corto plazo esto puede parecer atractivo. Pero a largo plazo casi siempre acaba igual: los créditos o no pasan la auditoría y no se emiten, o durante las verificaciones se detectan manipulaciones. Después de esto, esos créditos se vuelven tóxicos para los compradores.
Como resultado, el agricultor pierde no solo tiempo, sino también la confianza en su explotación como fuente de resultado climático.
Por eso, incluso trabajando a través de un desarrollador, es importante que el agricultor entienda los requisitos básicos de un proyecto de carbono de calidad. No para hacer el trabajo de otro, sino para hacer las preguntas correctas y ver los riesgos desde el principio. Porque la responsabilidad por la reputación del resultado, en última instancia, recae siempre en el campo.
Del campo al mercado
Aquí conviene mirar más allá, al propio mercado. Hoy los créditos de carbono en agricultura en el mercado estadounidense ya se negocian en contratos a plazo entre 60 y 80 dólares por tonelada de CO₂e. En Europa el precio alcanza alrededor de 40 euros por tonelada de CO₂e. Este no es un «precio sacado de la nada», sino el resultado de la confianza en la calidad de los proyectos, los datos y los sistemas de gestión.
Ucrania apenas está comenzando este camino. Precisamente ahora se está formando su reputación como proveedor de créditos de carbono agrícolas. La tarea principal en esta etapa no es perseguir cifras rápidas, sino demostrar la alta calidad de los proyectos. Porque la confianza es fácil de perder desde el principio, y recuperarla lleva años.
¿Qué sigue?
En la próxima columna examinaremos quién compra realmente créditos de carbono agrícolas, por qué para ellos es importante de qué campo exactamente procede el efecto climático, qué grandes acuerdos ya se han cerrado en el mercado y en qué dirección se mueve en general, así como cómo puede el agricultor encontrar «su» comprador.